¿Cuántos libros lees al año? Es una pregunta frecuente que la gente hace cuando ve que disfrutas de la lectura, que lees a menudo, que lees con pasión. Yo no tengo respuesta para esa pregunta porque la verdad es que hace mucho que dejé de contar cuántos libros leo. Aunque hay veces que ciertas circunstancias me llevan a hacer consciencia de ello, por ejemplo entre marzo y abril decidí leer todos los libros de la una serie de Bernard Cornwell lamada Vikingos, sajones y normandos. Consta de trece novelas. Así que sé que leí las trece novelas de un jalón en esos dos meses. Lo disfruté mucho, especialmente porque llevaba un tiempo sin leer narrativa y porque soy fan de la serie inspirada en las novelas que se llama El último reino. Pero si soy sincera también leí otras cosas y como de costumbre, no las conté. Así que cuando alguien en mis redes me preguntó: “¿Cuántos libros lees al año?”, me reí por que no tengo respuesta ni ganas de encontrarla y eso me llena de alegría.

De hecho, a menos de que se trate de narrativa en realidad ni siquiera leo libros para terminarlos. Leo libros para leerlos, para enterarme, para aprender, para descubrir, para sentir. Vivo la lectura como un flujo continuo sin preguntarme por el inicio ni pensar en un posible final. Leo libros como si fueran remedios. Así como hay quien toma té de manzanilla para la inflamación, té de anís para la digestión, te de lavanda para la calma o té abango para la tos; yo leo entre otras cosas para la tristeza, para el festejo, para el aburrimiento, para la reflexión, para la inspiración, para el asombro. Me encanta sentirme estimulada por las palabras ajenas, por sus historias, por sus experiencias, por el conocimiento que me proporciona una nueva perspectiva, por la salvaje dicha de acariciar las palabras y dejar que me inunden los rinconcitos del alma.

Tampoco leo linealmente. Eso recuerdo haberlo hecho en mi infancia y parte de mi adolescencia. Después me despedí de los conceptos ajenos de cómo se debe leer y me dediqué a leer como se me daba la gana. De aventurarme como una auténtica salvaje, saltando de tomo en tomo sobre un tema o dos, dejándome explorar tangentes como un chango que se cuelga de una rama y se balancea para lanzarse al vacío en pos de otra rama. Mientras lo hago, lo disfruto tanto como el chango. Cuando llego a compartir eso la siguiente pregunta que emerge es: “¿Y no te confundes?”. La respuesta es no, bueno rara vez. Generalmente puedo leer cinco libros paralelamente sin perder el hilo de ninguno, a veces puedo estirar las cosas un poco e incluir un sexto. Hay ocasiones en que al ir tras la tangente dejo tomos inconclusos que luego retomo y como he sido bendecida con una buena memoria (que además ejercito), rara vez tengo problemas al retomar los temas.

Una de las delicias de la lectura salvaje es entrar en un estado de flujo en el que la sincronicidad se hace presente y las diversas lecturas parecen retroalimentarse. Es una maravilla el cómo puedes encontrar relaciones entre una cosa y otra con la facilidad de una enredadera que crece en aparente anarquía pero que en realidad sigue un algoritmo. La lectura salvaje como un cosmos, aunque la mirada ajena lo perciba como caos. Así que no tengo respuesta para esa pregunta de “cuántos libros lees al año”. No tengo idea y me tiene sin cuidado.
Entiendo que hay quienes desean formar el hábito de leer porque quizá han escuchado que tiene muchos beneficios, que es un buen hábito como bañarse, lavarse los dientes o decir por favor y gracias en el momento exacto. Entiendo también que una de las estrategias frecuentes es llevar una bitácora de lectura que contenga una lista de lo leído, lo que se quiere leer, lo que ya se adquirido (no lo vayas a comprar doble, porque pudiste comprarte otro libro), lo que se ha tomado de la biblioteca (si eres uno de esos tremendos suertudos que tiene una cerca), lo que se ha devuelto a la misma, lo que está pendiente de devolverse. Además hay quienes gustan de hacer una reseña de cada lectura, rankearla por número de estrellas, asignarse una meta de páginas o de minutos de lectura al día, etcétera. Y me parece muy bien. Tanto que he puesto a disposición del público un diario de lectura digital con múltiples herramientas que puedes adquirir y descargar por aquí. Pero si estás lista o listo para cruzar la delgada línea del orden, atravesar el caos y descubrir la amplitud del cosmos, sabe que existe siempre la posibilidad de convertirte en un salvaje lector. Uno que esté tan embebido en la lectura que se ría locamente cuando algún curioso bienintencionado pregunte: ¿Cuántos libros lees al año?
Actualmente dirijo DiosalocaMX y DLMX Learning, plataformas dedicadas a la exploración de la consciencia a través de los sueños, el arte, la escritura y los estados liminales.
Mi trabajo integra pedagogía simbólica, procesos creativos y prácticas contemplativas, con un enfoque profundo en la imaginación, el lenguaje y la experiencia interior.
He trabajado como ghostwriter, traductora, locutora (107.9 FM) y productora del primer Slam Nacional MX para el Circuito Nacional Poetry Slam MX (2015–2017). Durante más de una década desarrollé múltiples sets de spoken word, algunos acompañados de loops vocales y sonoros, y colaboré con directores, actores y músicos.
En 2011 formé, junto con Iraida Noriega y Leika Mochán, el proyecto Frágil, que unió música y poesía. En 2014 circunnavegué el globo a través de 12 países. En 2016 representé a México en el Slam Internacional de la FLUPP (Brasil), obteniendo el tercer puesto. En 2017 presenté Respira poesía, mi cuarto poemario spoken word, y formé un dueto de spoken word y música experimental con Alda Arita. Soy fundadora de DiosalocaMX y SpokenWordMX.
Actualmente desarrollo proyectos pedagógicos y creativos independientes, y continúo explorando la relación entre lenguaje, sueños, arte y consciencia.